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Cuando el equipo trabaja al límite, la operación también lo resiente.

Autor: Alfredo Durán

Hay temas que antes se hablaban en voz baja dentro de las empresas. La salud mental era uno de ellos.

Durante mucho tiempo se trató como algo personal, ajeno a la operación, como si el cansancio, la ansiedad o el desgaste emocional se quedaran fuera de las juntas, los indicadores o las decisiones del día, pero una organización no funciona separada de las personas que la sostienen.

Cuando un equipo trabaja bajo presión constante, el impacto aparece en lugares muy concretos: errores que se repiten, conversaciones más tensas, menor iniciativa, ausentismo, rotación o líderes que sienten que todo depende de ellos.

La OMS estima que cada año se pierden 12,000 millones de días de trabajo por depresión y ansiedad, con un costo de un billón de dólares en pérdida de productividad. El dato es fuerte, porque deja claro que este no es sólo un tema humano; también es un tema de gestión.

Hablar de salud mental en el trabajo no significa convertir a la empresa en terapeuta. Significa revisar si la forma de trabajar está ayudando o está desgastando. Cargas excesivas, poca claridad, mala comunicación y liderazgos que no escuchan pueden volverse parte del problema.

La capacitación puede ayudar cuando se enfoca en liderazgo, comunicación, manejo de conflictos, inteligencia emocional y cultura organizacional.

El bienestar ya no puede quedarse como una campaña interna. Tiene que verse en la forma en que se dirige, se organiza y se acompaña al equipo.

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